Llamo a un desagradable timbre y su voz me desencaja. No contesto, solo suspiro. La puerta se abre ante mis ojos y sus ojos revisan mi cuerpo de arriba abajo. No se aparta para que entre. Tampoco lanza ningún cuchillo. Ni siquiera es capaz de mirarme cuando me quito las gafas. Me muerdo el labio inferior con nerviosismo, agarrándome al marco de la puerta para no derrumbarme, aunque sé que tarde o temprano lo haré.
Entonces aparece ella, con su limpia sonrisa y sus tintineantes ojos. Toca su hombro y este se aparta de mi camino. Acompaño a la pareja hasta el salón, donde dos preciosas tazas de porcelana rebosan té caliente y unas pastas navideñas las acompañan. Ella me hace un gesto para que me siente a su lado y me ofrece una de las tazas. Niego con la cabeza y él, disgustado por mi desencantada actitud, coge su abrigo y sale por la puerta. Su mujer suelta una lágrima, olvidándose de su sonrisa. Me levanto del limpio y cálido sofá en el que estaba sentada y corro al exterior, donde él se está fumando un cigarrillo. Me pongo de pie junto a él, deseando conservar su aroma a tabaco y perfume masculino. Introduzco mi mano izquierda en el bolsillo de la sudadera y saco una pequeña caja de madera oscura. La guardo en su bolsillo y vuelvo al interior del que antes había sido mi hogar.
Minutos después, los cuales pasan como horas en mi cabeza, el aparatoso cuerpo de mi padre vuelve a casa, cerrando la puerta de un portazo, y me devuelve la caja hecha añicos. Mi madre se levanta y se derrumba junto a la cajita destrozada. Él le pega una patada a ella, después a la mesa y, seguidamente, viene hacia mí. Me alejo poco a poco, yendo hacia atrás hasta que la pared me impide retroceder más.
Primero, un puñetazo.
Segundo, un rodillazo en el vientre.
Sangre.
Tercero, una mirada asesina.
Cuarto, me ahoga con sus fuertes manos.
Lágrimas.
Final.
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