Os estaréis preguntando qué significa el título o a quién llamo "mi fenómeno". Y yo os lo explico encantada.
Este "fenómeno" cobró vida para mí en cuanto nací. "Antonio" le llamaban todos y yo le conocía como "abuelo". La vida de mi fenómeno no fue ni dura ni fácil, pero sí muy ajetreada. Se dedicó a tantos oficios que no soy capaz de recordarlos todos, pero algunos eran: futbolista del Real Murcia, bombero, pescadero... así hasta hacerse con un kiosco de prensa y, finalmente, jubilarse.
Conoció a mi abuela valenciana gracias a su hermana Santi, pues eran muy buenas amigas. Se casaron jóvenes, como era costumbre, y tuvieron tres encantadoras Gracias, entre las que se encuentra mi querida madre.
Mi fenómeno y mi madre eran uña y carne, este le cubría las espaldas cada vez que ella hacía alguna trastada, defendiéndola a muerte frente a mi abuela, la campeona en lanzamiento de zapatilla. Hace unas semanas volvimos a ver el vídeo de la boda de mi madre delante de toda la familia y todos nos emocionábamos viendo como le caían las lágrimas por el rostro, pero siempre manteniendo una sonrisa. Y así fue hasta el final de sus días, tumbado y entubado como un astronauta (así lo llamaba mi abuela) en una cama de la UCI. Incluso colocado perfectamente dentro del ataúd nos mostraba su rostro de paz y tranquilidad a todos nuestros familiares y amigos.
Ahora es cuando viene el momento triste....
Durante la Navidad del año 2012 empezó a sentirse mal y lo ingresaron en el hospital por una especie de neumonía. Allí le estuvieron haciendo pruebas y descubrieron que una bacteria, la cual se contagia durante las operaciones quirúrgicas, estaba ocupando sus pulmones y estaba a punto de llegar al corazón. Poco a poco fue empeorando en esa habitación de hospital, en la que llevaba una especie de pijama parecido al del holocausto, hasta que sus pulmones y su corazón fallaron. En ese momento, lo llevaron a la unidad de cuidados intensivos y le alargaron la vida atándolo a unas máquinas de respiración y latidos automáticos. Su evolución era como una montaña rusa, unos días los médicos nos alegraban diciendo que había esperanzas, y otros días nos dejaban con mal sabor de boca.
Recuerdo perfectamente que una semana antes de su muerte me fui a mi viaje de estudios a París y volví con una bonita postal para él y mi abuela.
¡La admiro tanto por su endereza en esos momentos!
Afortunadamente no tuve que presenciar ese último respiro.
El día en el que ocurrió todo, en el que nuestra atracción de feria se detuvo, estábamos comiendo como cada domingo en casa de mis abuelos. Mis padres, mis tíos y mi abuela se iban siempre al mediodía a visitarlo y volvían sobre las cinco de la tarde. Pero ese día tardaron más de la cuenta, mi tío se quedó cuidándonos hasta que mi hermana nos llevó a casa. Pasé la tarde en casa de una amiga, nos habíamos decido a ver "El Diario de Noah" que, paradójicamente, (alerta de
spoiler) tiene un final triste, muy parecido al que sucedió ese día. Llamaron al telefonillo de la casa de mi amiga y detuvimos la película a la mitad. Abrimos y mi madre me comunicó la noticia sin derramar ni una sola lágrima. Yo le correspondí con una sonrisa, sin asimilar la noticia. Después se fueron a decírselo a mi hermana pequeña, la cual se cayó al suelo cuando corría a escuchar a mis padres. Mis padres pasaron la tarde y la noche en el tanatorio, y yo me mantuve fuerte y valiente frente a todos, incluso frente a mi hermana. Esa noche hice yo la cena, unas hamburguesas deliciosas, y decidimos acostarnos pronto.
En cuanto apoyé la cabeza en la almohada, un mar de lágrimas inundaron mi rostro. Había estado reteniéndolas tanto tiempo que me dolía la garganta y el pecho, pero había aguantado por todos. Al final acabamos llorando mi hermana pequeña y yo, recordando tristemente la noticia. Al rato apareció mi hermana mayor con su novio y no dudé, a pesar de nuestra relación fría y tirante, en abrazarla y llorar sobre su hombro. Fue un momento mágico e irrepetible, y me dolió que tuviera que ser en esas circunstancias.
Al día siguiente, mi madre me preguntó si tenía fuerzas para ir al instituto, era el primer día a la vuelta de vacaciones, y le dije que no, que quería ir al tanatorio y al entierro a despedirme de él, como todos los adultos. Llevé a mi hermana al colegio, la dejé llorando y un par de madres vinieron a preguntarme sobre mi abuelo.
Luego mi hermana y su novio me llevaron al tanatorio con mis padres y los demás familiares y amigos que había allí. Fue una mañana extraña. Pasábamos de las risas a las lágrimas con facilidad, recordamos anécdotas sobre mi abuelo y sobre la familia. Comimos con mis primos y tíos valencianos y, sobre las cinco y media, asistimos a una misa que mi tía-abuela había pedido a causa de su práctica católica. Más tarde, sobre las seis (la misa no fue muy larga), seguimos al coche fúnebre hasta el cementerio y allí las lágrimas corriendo como en cascada. Todos llorábamos y observábamos la escena con melancolía y anhelo. Los parientes más cercanos cogimos una rosa cada uno y nos fuimos de allí sin más.
Intenté guardar esa rosa hasta que comprendí que "mi fenómeno" iba a quedarse en mi corazón y no necesitaba ningún objeto material que me lo recordara. Mi abuela le dijo a mi prima pequeña que mi abuelo estaba en una de las estrellas y que solo teníamos que mirar al cielo por la noche para verlo y comunicarnos con él.
Cada vez que mi familia y yo visitamos su nicho, el cual pronto cambiaremos por una tumba tradicional, sonreímos y afrontamos el momento con alegría. Cuidamos de su espacio (mi abuela lo llama apartamento) regalándole flores. Y siempre que aparece en una de nuestras conversaciones, acabamos adulándolo a más no poder. Al fin y al cabo, en "nuestro fenómeno", nuestro astronauta, mi abuelo.