miércoles, 21 de septiembre de 2016

El puzzle de los recuerdos

Juntó las piezas para terminar el puzzle.
Se mordía el labio concentrado y se revolvía el pelo con cada error que cometía. Se remangaba las magas de la sudadera.
Cada vez que jugaba con aquel rompecabezas le resultaba más y más difícil.
Su mente estaba empezando a fallar.
Sus dedos iban perdiendo fuerza. Y sus ojos se agotaban cada vez más rápido.
La silla en la que se sentaba cada mañana le resultaba incómoda. Y sentía las paredes de la habitación acercarse a él por momentos.
En ese momento sintió una punzada en el corazón. Cayó al suelo y gritó con todas sus fuerzas, mas nadie era capaz de escucharlo. Una guadaña le apuntó en la cabeza y, gracias a un simple movimiento, se pudo levantar.
Entonces una luz le deslumbró y sus ojos se llenaron de chiribitas. Podía apreciar perfectamente los cuerpos de sus padres y abuelos que le llamaban a gritos. Siguió sus voces y se adentró en aquel brillante espacio.
Miró hacia atrás y comprobó que todas las piezas del puzzle estaban encajadas formando su propio reflejo.

jueves, 26 de mayo de 2016

Nada me importa ya

¿Reír? ¿Llorar?
Ahora qué más me da.
Solo quedamos dos piezas en el tablero
y temo acabar arrojándome al precipicio.
De todas formas,
ahora qué más me da.

¿Gritar? ¿Callar?
Ahora qué más me da.
Ya no hay nadie que pueda escucharme
ni tampoco quien aprecie mi silencio.
De todas formas,
ahora qué más me da.

¿Amar? ¿Odiar?
Ahora qué más da.
Solo tú puedes hablar,
pues ya no tengo más palabras que lanzar.
De todas formas,
ahora qué más me da.

Todo se desvanece a mi alrededor.
Todo es miedo.
Todo es llanto.
Todo es silencio.
Todo es odio.
Ya nada es lo que era pero,
de todas formas,
ahora qué más me da.

jueves, 7 de abril de 2016

Caronte

Desearía tener dos ojos chispeantes como los tuyos. Desearía poder besar, sentir piel con piel. Desearía sangrar y sentir el escarlata fluido correr y recorrer las amargas aguas por las que navegamos. Desearía tener recuerdos, pensar en las almas que me rodean y que he acompañado en su viaje hacia ninguna parte. Desearía no tener que conducirte por esta laguna. No necesito monedas ni de oro ni de plata. Necesito abandonar este trabajo lleno de sufrimiento. Deshacerme de mi túnica negra; dejar de ser un esqueleto duro y frío como el hielo, y recuperar mi divina piel por última vez. Tan solo pido una cosa: morir.

viernes, 18 de marzo de 2016

¿Quién dijo miedo?

No dejaré escapar de mis manos el miedo que me ha acompañado durante tanto tiempo.
Y, os preguntaréis, ¿por qué?
La respuesta es simple:
El miedo es lo único que me ha hecho mantener los pies en el suelo, en vez de volar para, posteriormente, estrellarme.
El riesgo no forma parte de mi vida, no soy una temeraria con muchos pájaros en la cabeza; sino una fuerza gravitatoria con una imaginación súper desarrollada, capaz de incluirme en una sociedad ficticia en la que tengo el valor de hacer ciertas cosas que en el planeta Tierra me serían imposibles de llevar a cabo, como el dar el primer paso sin tener miedo a tropezar.
Pero, a pesar de todo, aunque me niegue a saltar al vacío, cometo los mismos errores de siempre y me martirizo por ello.
Algún día abandonaré mi mundo perfecto y liberaré mi yo interior.
Arriesgaré,
aprenderé,
caeré
y
moriré
habiendo intentado lo imposible.
Mas, de momento, permaneceré sentada en la parada del autobús.

domingo, 17 de enero de 2016

Tormenta infinita

Sus manos rodean mi cintura y yo me dejo llevar.
Mis cabellos colorean el viento; los suyos cubren sus ojos.
Y, aun a ciegas, me conduce a un mundo lleno de sensaciones hermosas.
No me permite tropezar, ni pisar sus pies.
Maneja mi cuerpo a su antojo, al ritmo de una melodía sin final.
Una tormenta cae sobre nosotros, pero no dejamos de movernos por la calzada.
El asfalto se moja con nosotros, nos acompaña en nuestra aventura.
Una escena irrepetible, diría cualquiera; una escena imposible, dirían otros; una escena lamentable, criticarían algunos; una escena infinita, decimos nosotros.

viernes, 8 de enero de 2016

Microrrelato: ELLAS

Recibe golpes, ahoga gritos.
Traga insultos, pero no los digiere.
Cubre su cuerpo en un intento de ocultar el dolor, mas no comprende que sus ojos muestran las escenas de horror que ha protagonizado.
Tres números en un teléfono: 016.
Una voz comprensiva.
La justicia le tiende la mano.
El fuego de su infierno se extingue.
Despierta de la utopía.
Pierde.
Se convierte en un número estadístico más.


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