domingo, 15 de noviembre de 2015

Egoísmo

Pensamos que no hay nada más allá que nosotros.
Nuestros problemas eclipsan los de los demás y nos cegamos ante la idea de que nadie en el mundo sufre tanto como nosotros.
Yo creo que todos hemos nacido para ser egoístas, para disfrutar del momento sin importarnos las consecuencias que pueden recaer en las personas de nuestro entorno.
Pero yo creo que no nos hace falta ser egoístas, no nos hace falta preocuparnos sólo por nuestra propia vida.
No quiero que entendáis lo que voy a decir como si estuviese hablando de los ángeles de la guarda, mas es cierto que no estamos solos.
Hay una fuerza que nos impulsa a cumplir nuestros sueños y propósitos, hay una voz que nos va marcando el camino.
Esa misma voz es la que nos conecta con los demás, la que nos hace preocuparnos por la salvación del prójimo.
Y esa voz, ese susurro en el viento, es la amistad.
Permanecemos a la vista de todos, exhibiendo nuestros atributos, ocultando los defectos.
Pero llega esa voz y nos despierta de nuestro sueño dogmático y nos traslada al mundo real.
En ese mundo, marcado por los convencionalismos sociales, escuchamos frases como:
aceptamos el amor que creemos merecer.
¡Qué hipócritas somos!
Si fuese por nosotros, nos enamoraríamos de las desgracias, del miedo o de la muerte.
Recordamos más los malos momentos que los buenos.
¡Craso error!
Y realizamos un rápido análisis sobre nuestras experiencias más desagradables.
Solemos recordar más a menudo lo malo que lo bueno, aunque en el fondo, muy en el fondo, soñamos con nuestro futuro a partir de los buenos momentos del pasado.
Construimos un mundo nuevo, el mundo del mañana, utilizando esos recuerdos maravillosos y transportándolos a un mundo ideal, fantástico e inigualable.
Nuestro propio y egoísta mundo.

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